La ciudad natal de Mozart se ha engalanado como cada año para recibir a los más grandes intérpretes de la ópera y de la música clásica y lo hace no solo exhibiendo lo que cree mejor sino también muy consciente de la competencia que hoy suponen los festivales de esta índole en toda Europa. Destaca Baden Baden, Verona o Lucerna pasando por Glindebourne, unos más en la clásica de concierto o en las fabulosas producciones de ópera. Luego transitan por los teatros de occidente y son su reflejo y rendimiento, inversión en definitiva. Como todo en este mundo evoluciona hubo años en que se acudió no solo a dar cita a las mejores orquestas, directores e intérpretes sino a intentar innovar lo más posible y ponerse a la vanguardia, lo cual es muy difícil si no recurres a la extravagancia. Ahora parece que se han dado cuenta que lo moderno no es elucubrar y que nadie entienda el resultado sino conseguir la mayor excelencia volviendo las cosas a su verdadero ser.
Dejare a un lado los conciertos de las grandes orquestas o los recitales de los más acreditados ejecutantes para centrarme en lo conseguido este verano en Salzburgo en el campo de la ópera. No citare la producción de la opera de Messiaen San Francisco de Asís porque coincidió con otro evento pero lo que presencié con las que comentaré a continuación me dio pie a meditar sobre como triunfar en el agitado mundo operístico volviendo a las esencias del arte mismo.
En definitiva la ópera es el conjunto de un libreto y la música que se confecciona para trasladar el decir de los textos no por su simple lectura sino exponerlos con música. El primero se escribe para ser así exhibido y deben formar ambos una sola comunidad en la que ninguno de los dos tiene recorrido por sí solo. Esto es así y siempre se ha discutido si es más importante en la opera el texto o la música. No me voy a entretener en resolver el problema pero si ha de decirse que en los tiempos que corren la obsesión por pensar que la ópera es un arte antiguo y como no se puede cambiar el libreto ha de modernizarse la escena se han cometido toda clase de atropellos. La música de las óperas del siglo pasado, después de Stravinski contribuyó a dejar en manos de la escena un mejor entendimiento de la dodecafonía y así los directores de escena y montaje han conseguido imponer normas y cambiar los códigos incurriendo la mayoría de las veces en extravagancias impropias disfrazadas de la mayor de las modernidades. A este vendaval no sobrevivió nadie dada la convulsión y evolución de todas las ramas del arte. Afortunadamente parece que las cosas vuelven a su sitio y así lo ha comprendido el festival de este verano en Salzburgo.
Efectivamente se han representado cuatro operas que merecen cada una un especial comentario centrado en cómo puede colaborar una buena escena con la música a la que sirve y obtener unos magníficos resultados y en alguna pasarse pero habiéndolo intentado. Así subió a las tablas una versión fuera de serie de la opera de Ricardo Strauss Ariadna en Naxos, que no era la primera vez que se representaba en el festival (recuerdo una de 2012 que no tuvo nada anormal para entonces) y que puedo asegurar que es lo mejor que he visto en toda mi vida de aficionado a la opera. Los maravillosos pentagramas de Strauss se vieron iluminados por una escenificación en la sala pequeña de los festivales impresionante para desarrollar la acción dentro de una capsula digamos espacial con una dirección de intérpretes, vestuario, iluminación y acción que dejó pasmado al público pues estuvo dedicada en todo el transcurso de la obra a destacar hasta el último de los detalles dejando que la espectacular partitura estuviera arropada en todo omento. Ni que decir tiene que en el campo musical funcionó a la perfección con la orquesta filarmónica de Viena a las órdenes de un eficacísimo Manfred Honeck y un elenco de jóvenes y adecuadas voces encabezadas por la apropiadísima soprano protagonista Christina Nilsson, y una joven de China en el papel de Zerbinetta( siempre peliagudo )Ziyi Dai.La música la puso de gala la dirección, decorados y vestuario de Ersan Mondtag coreografía esplendida y todo ello lleno de color rebosando imaginación que provocó la apoteosis al bajarse el telón. Esta vez la opera rayó en la más absoluta y original excelencia. Enhorabuena, así es como debe afrontársele arte de la ópera.
No menor fue el éxito de la ópera de Mozart Cosí fan tute, toda una monumental obra de arte. Aquí ocurrió todo lo contrario. No había escena. La hubo en la sala grande si a eso se le llama escena, pue consistió en una enorme pared blanca con tres puertas de dos hojas cada una como todo escenario. Pero en su auxilio acudió la música de Mozart y la calidad de los cantantes junto a una buena dirección de las escenas variadas del libreto de Da Ponte y con una más que correcta batuta de la directora Johana Malviz que dejó transcurrir la obra con atinado tiempo y llena de colores y matices, Poco trabajo de creación tuvo que hacer Loy el encargado del montaje e hizo bien pues la fuerza de la partitura se impone en esta obra siempre y la escena la puede endulzar pero se vale por sí misma. Lo que pasó es que los seis protagonistas eran todos buenísimos. Las dos damas Elsa Dreisig y Victoria Karkacheva, fueron dueñas del estilo mozartiano si bien la segunda brilló en los dúos y tercetos mejor que recitó las arias. Preciosa la dicción y voz del tenor Bogdan Volkov magnifico en sus dos arias y muy buen barítono Schuen, eficaz y versátil, excelentes el bajo Kranzle y sorpresa en la Despina de Lea Desandre que ejecuto con técnica perfecta su famosa aria con los trinos que pone la partitura (que no siempre se respetan).Magnifico el coro. En conclusión cuando el libreto se explica por sí mismo y la música es fuera de serie sobra la escena y me remito al intento que llevo a cabo Mortier con la dirección del cineasta Haneke que consiguió el efecto contrario al intentar hacer sombra con el incorrecto papel de la escena a la música de Mozart.
De lo mismo podría hablarse de la versión de la ópera Carmen de Bizet encomendada al director greco ruso Currentzis en la sala grande del festival. Aquí hubo decorado y fantasía para aburrir. Decorado horrible esperpéntico, feo (montes de piedras inmensas negras y grises). Escenas de violencia( los soldados daban una monumental paliza a un figurante, o aparecían personajes como con brotes de epilepsia) Lillas Pastia era una cantante de flamenco ( muy buena en lo suyo)y la figura de Micaela parecía como si lloviera del cielo una recatada figura inocente ( que se metió en la obra con calzador) y ni sabían dónde ponerla. Sin embargo no todo fue malo, Currentzis dirige muy bien y sabe lo que hace aunque no sea lo más adecuado. Llevó la opera donde quiso la directora de escena con ritmo trepidante resaltando la tragedia. El coro de niños funcionó bien, y los cantantes dieron lo mejor de la noche. Un magnifico Escamillo y una protagonista colosal la soprano Asmik Gregorian y atención al tenor ( el mejor de la función) en el papel siempre difícil de Don José Jonathan Titelman. Su aria de la flor fue excepcional. Le auguro una mas que esplendida carrera.
Para terminar Rossini puso el punto risueño con su opera El Viaje a Reims, bajo el auspicio de la colosal mezzosoprano Cecilia Bartoli, reina de la coloratura. Es esta obra un puro chiste y una trama sencilla y divertidísima, una música puramente rossiniana característica que gana muchísimo con una buena escena y feliz representación. Fue toda una velada de divertimento magníficamente cantada con la Bartoli a la cabeza por todos los intervinientes que eran muchos y con partes nada fáciles. El montaje se debió a Barrie Koski que es ideal para comedias. Con unos estupendos actores, preciosos y ocurrentes trajes y magnifica dirección de escena nos hicieron pasar un rato delicioso. Destacaron aparte de la Bartoli el tenor Eduardo Rocha, Marina Viotti e Ildebrando D´Arcangelo y más que cumplieron todos los demás que no cito por ser larga la lista., bajo la dirección musical de un solvente Gianluca Capuano.
Al final mi reflexión es que hay que felicitarse de que por fin la escena acompañe en la medida justa que la obra requiera, saber sobrar cuando la música es todo (Wagner, por ejemplo) y poder realzarla cuando se sabe lo que hay que hacer como cuando se viste de gala para tapar lo que no se deba exponer.